R. Meléndez
Martes, 03 de Noviembre de 2026

La 'anécdota' del antiguo cementerio civil de Villaquejida

Villaquejida esconde una singularidad histórica poco conocida: su cementerio civil. Nacido a principios del siglo XX como respuesta a las exigencias legales y sociales del momento, este recinto fue testigo mudo de tensiones religiosas, cambios políticos y anécdotas que aún resuenan en la memoria colectiva. La investigación y los recuerdos personales de Feliciano Martínez Redondo nos permiten reconstruir esta curiosa historia.

El cementerio civil de Villaquejida surge oficialmente en 1907, cuando el Ayuntamiento acuerda destinar un espacio específico para quienes fallecieran fuera del gremio de la Religión Católica, con entrada independiente respecto al cementerio católico. Esta decisión respondía a las normativas vigentes desde mediados del siglo XIX, que obligaban a los municipios a ofrecer una sepultura digna también para los no católicos o aquellos excluidos por motivos religiosos.

Situado al poniente del cementerio católico, el recinto civil tenía una disposición peculiar: sus tumbas estaban orientadas de norte a sur, en contraste con la tradicional orientación este-oeste del camposanto católico. Se accedía por una modesta puerta situada en el rincón oeste de la pared norte. Según narra Feliciano Martínez Redondo, sus recuerdos infantiles están marcados por un cierto miedo y misterio; un ambiente tenebroso al que contribuían sus paredes semiderruidas y su puerta desvencijada. Un detalle llamativo era que las cajas mortuorias debían estar pintadas siempre de negro.

La primera persona enterrada en este cementerio fue D. Secundino Zotes Cadenas, antiguo alcalde local, el 12 de julio de 1926. Su caso ilustra bien las tensiones religiosas: tras serle negada la sepultura eclesiástica por parte del clero local —por haber fallecido en la impenitencia final— tuvo lugar un solemne entierro civil presidido por autoridades municipales y familiares. La lápida original aún se conserva, adornada con una flor grabada y la inscripción “PAZ, AMOR y JUSTICIA”.

El periodo republicano trajo consigo un cambio radical: en marzo de 1932 se decretó la integración total entre ambos recintos bajo el nombre común de “cementerio municipal”, derribándose las paredes divisorias. Sin embargo, esta unión duró poco tiempo; tras la Guerra Civil española y durante los primeros años del franquismo se restableció nuevamente la separación física entre ambos espacios mediante nuevas tapias.

A finales de los años setenta llegó finalmente la desaparición definitiva del cementerio civil como entidad separada. Las paredes divisorias fueron derribadas integrando todo el recinto bajo una única denominación municipal. Hoy sólo algunos detalles arquitectónicos junto a referencias documentales permiten identificar cuál fue aquel espacio segregado.

Otros enterramientos civiles siguieron al primero: Susana Zotes Cadenas pidió expresamente reposar junto a su hermano Secundino; otros tres vecinos más fueron inhumados allí durante los años oscuros posteriores a la guerra. Incluso hay testimonios orales sobre algún forastero asesinado durante ese periodo cuyos restos descansaron provisionalmente bajo una sencilla tabla identificativa.

Un último dato curioso lo aporta Feliciano Martínez Redondo: cuando ambos recintos se fusionaron definitivamente, alguien cambió artificialmente la orientación original (norte-sur) de las dos primeras tumbas civiles para asimilarlas visualmente al resto (de oeste a este). No obstante, si uno observa detenidamente puede advertir todavía esa diferencia sutil pero significativa.

La existencia efímera pero significativa del cementerio civil recuerda hasta qué punto cuestiones ideológicas o religiosas llegaron a dividir incluso después de muertos a los habitantes más humildes de nuestros pueblos.

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