Redacción
Martes, 06 de Octubre de 2026

Intervención íntegra del alcalde de León, José Antonio Díez, en Las Cantaderas

Excelentísimos miembros del Cabildo Catedralicio, noble pueblo de León, autoridades, compañeros de Corporación,

Orgulloso de representar al pueblo de León y de encabezar esta comitiva, volvemos hoy a esta Santa Catedral, como marca la tradición y, sobre todo, como exigen los deseos del pueblo de León, guardián de su pasado y transmisor de la identidad a las generaciones futuras.

Esta Corporación trae el homenaje a su legado. Al frente de ella, con orgullo, vengo hoy, revestido con los atributos de alcalde presidente del Ayuntamiento de León, bastón de mando, medalla y banda, pero vestido como lo hicieron nuestros antepasados, como lo hacen hoy aún en las grandes conmemoraciones. Y lo hago como sincero homenaje a las personas que forjaron, que forjan, nuestra tierra. A quienes nos precedieron, nos dieron nuestra identidad, nuestros valores y esas raíces de las que no renegamos y a las que nos mantenemos fieles y leales.

 

Gracias al pueblo de León que hoy nos acompaña por apoyarnos y por estar aquí rememorando uno de los más antiguos rituales de nuestra ciudad. Ofreciendo y reclamando siempre el respeto, el apego y el sostén para nuestra historia y nuestra identidad.

Porque un año más, en el domingo anterior a San Froilán recordamos que, según, recogen las crónicas el Rey Mauregato, que rigió el reino astur leonés entre los años 784 y 789, concertó con el emir cordobés un tributo de cien doncellas del reino que, cada año, serían llevadas Al Andalus para conservar la neutralidad de los emires omeyas en las luchas internas en los reinos cristianos, luchas fratricidas que devastaban nuestras tierras en el transcurso del siglo VIII.

El rey pagaba así la ayuda del emir Abderramán en sus batallas. Esta ignominia al pueblo de León no zanjó la deuda y habrían de pasar décadas para poder poner fin a este terrorífico tributo que suponía el destierro, la agresión y la muerte para las jóvenes.

El final llegó, continúan cronistas y expertos, con la victoria del Rey Ramiro I en el monte Laturce, cerca de Logroño en la que se considera una de las batallas mitológicas de la Reconquista.  Pero tras negarse el regente astur leonés a mantener el vejatorio tributo pactado décadas antes y prohibir el traslado de las doncellas al emirato de Abderramán II, los musulmanes declararon la guerra.

Así lo escribe Lucas de Tuy indicando que el Rey Ramiro reunió al Consejo de Estado y reiteró su negativa a pagar el tributo al emir cordobés.

Las tropas sarracenas –se narra en esta fase de la historia en la que, como siempre, se entremezclan verdad y leyenda- intentaron lograr por la fuerza mediante la rapiña y el robo el tributo leonés. Tras varias batallas perdidas, las tropas cristianas se replegaron al monte Laturce o collado de Clavijo donde, en mayo del año 844, vencieron los cristianos. Eso sí, con la inestimable ayuda del Apóstol Santiago.

El apóstol, escribe la crónica del rey, se apareció al monarca que había confiado más en la misericordia de Dios que en su ejército. Le animó a emprender la batalla asegurándole el triunfo. “Buen ánimo y ten valor, pues yo he de venir en tu ayuda y mañana, con el poder de Dios, vencerás a toda esa gran muchedumbre de enemigos por quienes te ves cercado […] y para que no haya lugar a duda, tanto vosotros como los sarracenos, me veréis sin cesar vestido de blanco, sobre un caballo blanco, llevando en la mano un estandarte blanco […].

Sea esta la verdadera historia o sea la que narra que la batalla de Clavijo fue comandada por el rey Ordoño I en 860, o la que indica que al tributo de las cien doncellas se puso fin con la victoria de Ramiro II en Simancas ante Abderramán III, lo cierto es que en el año 1693, Francisco Cabeza de Vaca Quiñones y Guzmán, Marqués de Fontiyuelo, describe la festividad de la Asunción de Nuestra Señora que, el 15 de agosto, se conmemoraba en honor a la batalla de Clavijo. Una fiesta muy especial que comenzaba con la salida con clarines y tambores desde la Casa Consistorial, que acompañaban al regidor, corregidores y maceros, y a las doncellas -48-, niñas procedentes de las parroquias leonesas.

Los reyes proveían a la ciudad de los maravedíes necesarios para sufragar el consumo del vino en las jornadas festivas. Hoy es el propio Consistorio quien financia esta ofrenda que libre y voluntariamente traemos, revestida de la ceremonia más respetuosa y protocolaria que podemos hacer. Acompañados de los cientos de pendones de los pueblos de León que son nuestra muestra de identidad más reconocida y que, más pronto que tarde, será instaurada como Patrimonio de la Humanidad.

Permítanme por ello, señor obispo y señores capitulares, que muestre, de nuevo, mi orgullo por seguir encabezando a este pueblo de León porque nada me ilusiona, me honra ni me satisface más que reivindicar nuestra identidad y nuestra tradición, y preservarla para el futuro.

Siglos de tradición justifican hoy nuestra presencia, que conmemora nuestra costumbre de siglos, nuestro interés de acudir voluntariamente a la Catedral, obligados solo por nuestro deseo, la devoción a la Virgen y el respeto a la tradición.

 

 

Hace cuatro años, en este mismo espacio y tapado por el tañido de las campanas que hacen siempre ustedes sonar para que nos distraigan, les mostré mi respeto y admiración como guardianes de algunos de los más maravillosos tesoros de León, su templo, patrimonio y servicio a los demás. Hoy no puedo eludirlo de nuevo y quiero destacar que esta vocación de servicio ha sido recompensada por este pueblo, por este Consistorio, que ha hecho a la Diócesis, de la que forman parte como Sede Episcopal e Iglesia Principal, digna receptora de la Medalla de Oro de la ciudad, el más alto homenaje y distinción que podemos entregar, y que oficializaremos en solo unos días.

Pero no nos excedamos en halagos y volvamos al pueblo de León, protagonista del día de hoy. Aquí venimos hoy con sotadera y cantaderas. Aquí nos hemos presentado precedidos por los atabales y los frutos de esta tierra de León que generación tras generación han sido, y siguen siendo, el resultado del duro trabajo de nuestras gentes, de nuestros pueblos. Estos nos esperan a la puerta enarbolando los Pendones Concejiles, emblemas de esta tierra que son el símbolo con el que subrayamos cada año la unión de la ciudad con sus pueblos. Ellos son la fortaleza de nuestra identidad, nuestra idiosincrasia.

Nunca nadie, ni miles de banderas, conseguirá tapar nuestra identidad y nuestra voluntad, representada este domingo con los Pendones Concejiles. Que estos se alcen como un aviso al cielo, como una seña de identidad de lo que fuimos, somos y seremos, y que los cánticos de quienes los acompañan tapen cuanto ruido generan quienes hablan de León sin conocer ni amar este pueblo. 

Les dije, y reitero, que soy duro, y sé que el señor capitular también lo es, en el juego porque estoy convencido de las necesidades y soluciones para nuestro futuro y lucho por ellas con el único deseo del bienestar de nuestra gente. Quiero que mi intervención sea hoy, pues, un homenaje no solo a la tradición de las Cantaderas sino al símbolo de resistencia que las guía y que hoy yo veo en nuestros mayores, por quienes peleamos cada día por una ciudad mejor. Ellos son la luz que nos guía en el día a día de la ciudad y que marca nuestro paso.

Mi colaboración con quienes, como ustedes, trabajan por León es, y será siempre, el proyecto que nos guía, pero desde la libertad, la misma que hoy nos hace ofrendar repitiendo la tradición de siglos. Sin ataduras y sin servidumbres, solo por la nobleza del pueblo de León y por su gratitud.

Le traigo, señor Capitular, un regalo muy especial que le hubiera venido bien hace unos meses cuando esta plaza de Regla se encontraba en plenas obras. Pero nunca es tarde si la madreña es buena y estas que hoy le traigo, le aseguro y garantizo, que no las hay de mejor madera, que hasta parecen de forja, que es de lo que está hecho el corazón de León. Sean para usted un regalo y un homenaje para nuestra tierra. Que rujan los clavos de estas madreñas contra las peñas y que usted las calce con orgullo y reconocimiento, y que guíen sus pasos llevando siempre el corazón de León.

 

Tercera intervención

Desde el respeto escucho su discurso, pero discrepo de él. Ni este pueblo ni este alcalde aceptan imposiciones. Este pueblo no se rinde. Cazurro y obstinado en defensa de lo suyo repetirá año tras año hasta que nos den la razón, en esta ofrenda o en cualquier otro asunto de interés que aparezca en nuestra agenda ciudadana.

Levante pues, señor secretaria, acta de que este corregidor de León, emocionado, y toda su Corporación cumplieron en el año de 2026 con su visita al claustro catedralicio y protegidos por gárgolas y quimeras, iluminados por el sol de León, libre y voluntariamente, avalados por su tradición, su ilusión, su convicción y su bandera realizaron su ofrenda a la Virgen de Regla, pidieron su amparo y su protección para el presente y el futuro. Guarden, señores capitulares, junto a la Nodicia de Kesos y el Tumbo Legionense, archivados junto a las joyas bibliográficas que custodiamos en León, el acta que recoja con nuestra presencia y voluntariedad.

Muchas gracias

 

 

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