La Cañamona desafía al tiempo: en Matanza de los Oteros solo llovieron avellanas
La tradicional fiesta de la Cañamona se celebró ayer en Matanza de los Oteros, León, desafiando las predicciones meteorológicas y manteniendo viva una costumbre centenaria donde las protagonistas indiscutibles fueron, un año más, las avellanas.
Ayer, primer sábado de octubre, Matanza de los Oteros volvió a vestirse de fiesta para celebrar la Cañamona, una tradición que data del siglo XVI y que cada año reúne a vecinos y visitantes bajo el amparo de la Virgen del Rosario. A pesar de que las previsiones anunciaban lluvias persistentes para la jornada, finalmente el único aguacero que cayó sobre el pueblo fue el esperado: una lluvia de avellanas.
Uno de los momentos más esperados por grandes y pequeños: el reparto masivo de avellanas a las puertas del mayordomo. Esta costumbre ancestral simboliza abundancia y fraternidad entre los habitantes. Como es habitual, no faltaron ni los fuegos artificiales ni la hoguera.
La Cofradía de la Virgen del Rosario —fundada por dominicos en 1595— mantiene vivo este legado religioso y festivo desde hace siglos. Según sus estatutos renovados en 1790, los cofrades deben rezar semanalmente el rosario y cumplir con obligaciones específicas cuando fallece algún hermano. El fervor popular ha oscilado con el paso del tiempo pero nunca ha desaparecido gracias al empeño vecinal y eclesiástico.
Además del carácter religioso, la Cañamona fomenta la buena vecindad entre pueblos limítrofes como Zalamillas o Valdespino Cerón mediante acuerdos no escritos para no coincidir en fechas festivas. Así se garantiza una participación amplia y un ambiente cordial entre localidades cercanas.
Este año, pese a las nubes amenazantes durante toda la mañana —que hicieron temer por el desarrollo normal del evento— finalmente solo cayeron avellanas sobre Matanza: “El cielo respetó nuestra tradición; hoy solo llueven avellanas”, comentaba sonriente uno de los asistentes veteranos.
Concluida otra edición exitosa sin contratiempos meteorológicos la fiesta continúa hasta el martes y después, vecinos, hijos del pueblo y forasteros, esperarán con ilusión volver a reunirse bajo esa peculiar “lluvia” que cada otoño convierte a Matanza una fiesta.
Ayer, primer sábado de octubre, Matanza de los Oteros volvió a vestirse de fiesta para celebrar la Cañamona, una tradición que data del siglo XVI y que cada año reúne a vecinos y visitantes bajo el amparo de la Virgen del Rosario. A pesar de que las previsiones anunciaban lluvias persistentes para la jornada, finalmente el único aguacero que cayó sobre el pueblo fue el esperado: una lluvia de avellanas.
Uno de los momentos más esperados por grandes y pequeños: el reparto masivo de avellanas a las puertas del mayordomo. Esta costumbre ancestral simboliza abundancia y fraternidad entre los habitantes. Como es habitual, no faltaron ni los fuegos artificiales ni la hoguera.
La Cofradía de la Virgen del Rosario —fundada por dominicos en 1595— mantiene vivo este legado religioso y festivo desde hace siglos. Según sus estatutos renovados en 1790, los cofrades deben rezar semanalmente el rosario y cumplir con obligaciones específicas cuando fallece algún hermano. El fervor popular ha oscilado con el paso del tiempo pero nunca ha desaparecido gracias al empeño vecinal y eclesiástico.
Además del carácter religioso, la Cañamona fomenta la buena vecindad entre pueblos limítrofes como Zalamillas o Valdespino Cerón mediante acuerdos no escritos para no coincidir en fechas festivas. Así se garantiza una participación amplia y un ambiente cordial entre localidades cercanas.
Este año, pese a las nubes amenazantes durante toda la mañana —que hicieron temer por el desarrollo normal del evento— finalmente solo cayeron avellanas sobre Matanza: “El cielo respetó nuestra tradición; hoy solo llueven avellanas”, comentaba sonriente uno de los asistentes veteranos.
Concluida otra edición exitosa sin contratiempos meteorológicos la fiesta continúa hasta el martes y después, vecinos, hijos del pueblo y forasteros, esperarán con ilusión volver a reunirse bajo esa peculiar “lluvia” que cada otoño convierte a Matanza una fiesta.






























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