Redacción
Sábado, 26 de Septiembre de 2026

¿Por qué después del verano parece que los zapatos hayan encogido? Te lo explica la podóloga Neus Moya

Rozaduras, presión, ampollas o que de repente parecen pequeños. Volver al zapato cerrado no debería ser un problema.

Septiembre no solo marca la vuelta a la oficina, a los horarios y a la rutina. También supone un cambio para nuestros pies. Después de meses utilizando sandalias, calzado más abierto o pasando más tiempo descalzos, toca volver a pasar muchas horas dentro de un zapato cerrado. Y es entonces cuando pueden aparecer las
rozaduras, las ampollas, los callos o la presión en los dedos. También esa sensación tan habitual de que los zapatos de siempre ahora aprietan más de la cuenta. Incluso parece que quedan pequeños.

Pero ¿por qué ocurre si seguimos utilizando la misma talla? ¿Tenemos que comprar una más o quizá estamos pasando por alto otros aspectos del calzado? La podóloga Neus Moya explica que “el problema no es volver a los zapatos cerrados, sino hacerlo con un calzado que comprime el pie o limita más el movimiento de lo necesario”. Desde esta perspectiva, el calzado barefoot puede ser una opción para algunas personas, aunque no existe un único tipo de zapato adecuado para todos. Estas son las diez cuestiones que deberíamos tener en cuenta
al elegir nuestro calzado este otoño.

  1.  Que sea la talla correcta no significa que quede bien

La talla indica sobre todo la longitud del pie. Pero no dice nada sobre su anchura, su volumen o la forma de la puntera. Dos zapatos de la misma talla pueden quedar de forma muy diferente. Por eso, como explica Neus Moya, “la pregunta no es solo ‘¿me queda?’, sino ‘¿puedo moverme naturalmente dentro de él?’”.

        2. El zapato no tiene que “darse de sí”

Un zapato nuevo no debería doler hasta que el material ceda. Una sensación diferente al estrenarlo puede ser normal, pero las rozaduras, ampollas, callos o dolor son señales que conviene revisar. “No deberíamos asumir que un zapato tiene que hacer daño hasta que se dé de sí. El problema puede estar en la talla, anchura, puntera, horma, material o cierre”.

       3. Si ahora te aprieta, no significa que necesites otra talla

Que un zapato habitual nos apriete más después del verano no significa necesariamente que nuestro pie haya cambiado de talla. La misma talla puede sentirse distinta según la horma, el volumen o el material del zapato. También influyen los calcetines, la temperatura, la actividad o cómo se comporta el pie a lo largo del día. Después de meses con más libertad, además, podemos notar más una compresión que antes habíamos normalizado.

     4. Comprar una talla más no siempre soluciona el problema

Si un zapato aprieta, aumentar la talla no siempre es la respuesta. Puede que el problema esté en la anchura, el volumen o el espacio para los dedos, y no en la longitud. De hecho, un zapato demasiado grande puede hacer que el pie se mueva dentro y que los dedos tengan que compensar para mantenerlo sujeto. Por eso, antes de cambiar de talla, conviene comprobar cómo encaja realmente. En este sentido, las opciones barefoot pueden ser una alternativa, siempre que respeten la forma del pie y permitan que se mueva con naturalidad.

    5. Los dedos necesitan espacio

Los dedos participan en el equilibrio, estabilización y propulsión. Por eso, necesitan espacio para moverse y mantener una posición adecuada. La puntera debe respetar la forma del pie y permitir que el primer dedo permanezca alineado. Una compresión mantenida puede favorecer el su desplazamiento, dedos en garra, superpuestos o alteraciones en las uñas.

     6. “Ancho” no siempre significa adecuado

Que un zapato sea ancho no garantiza que sea adecuado. La anchura y la forma de la puntera deben adaptarse a cada pie. Tampoco conviene que sea demasiado ancho. Si el pie se mueve dentro del zapato, puede perder sujeción. La clave está en encontrar una horma que respete la forma y el volumen del pie.

     7. Más sujeción no significa más protección

Un zapato debe sujetar el pie, pero no tiene por qué inmovilizarlo. “A menudo confundimos sujeción con rigidez, En algunos casos puede ser necesaria una mayor estructura durante un tiempo. Pero, en general, el calzado debería acompañar al pie y permitir que participe en el movimiento”, explica la podóloga.

     8. Una suela rígida limita el movimiento

Una suela demasiado rígida impide que el pie se mueva con libertad y reduce la información que recibe del suelo, lo que puede generar mayor inestabilidad y hacer que el cuerpo busque compensaciones.

La suela debe ser flexible y torsionable, pero siempre adecuada al uso que vayamos a darle. No necesitamos la misma protección para caminar sobre asfalto que para correr por la montaña o practicar un deporte. La clave es encontrar el equilibrio entre permitir el movimiento del pie y ofrecer la protección necesaria para cada actividad.

     9. No todos los pies necesitan el mismo zapato

Aunque lo saludable es utilizar un calzado que respete la forma y el movimiento natural del pie, no todas las personas pueden hacer el cambio de la misma manera ni al mismo ritmo. Hay que tener en cuenta la forma del pie, sus capacidades, la actividad que se realiza y el tipo de calzado utilizado durante años.

Por eso, la transición hacia un calzado barefoot debe ser progresiva y adaptada a cada persona. «El objetivo no es que todo el mundo lleve una etiqueta, sino recuperar unos pies capaces», señala. El calzado es una herramienta y debe adaptarse a cada persona, actividad y momento.
     

     10. La pregunta no es solo “¿me entra?”

Al elegir un zapato no basta con comprobar la talla. Hay que mirar la forma y el volumen de la horma, el espacio para los dedos, la flexibilidad de la suela y el sistema de cierre. En definitiva, “el pie no debería tener que lesionarse para adaptarse al zapato: es el zapato el que debe adaptarse al pie”. El objetivo es que el calzado acompañe al pie y le permita moverse de forma natural.

Sobre Neus Moya

 Neus Moya es podóloga, enfermera y divulgadora especializada en la salud del pie. Su trabajo se centra en comprender cómo funciona el pie y ayudar a las personas a recuperar sus capacidades, en lugar de limitarse a tratar los síntomas. Es la creadora de Feetconnected, una metodología basada en cinco fases: observar, comprender, actuar, integrar y sostener. Su objetivo es recuperar la movilidad, la fuerza, la sensibilidad, la coordinación y la capacidad de adaptación del pie.

Su enfoque apuesta por un paciente activo, que comprenda qué sucede en sus pies y participe en su propia recuperación. El calzado y las plantillas pueden ser herramientas útiles, pero no deberían convertirse en la única respuesta ni generar una dependencia permanente.

Es autora de varios libros de podología: Pasito a pasito, una guía dirigida a las familias para acompañar el desarrollo y la salud de los pies infantiles; un cuento para concienciar a los niños sobre la importancia de cuidar sus pies; y El tercer cerebro está en los pies, su último libro, dirigido a adultos, que ofrece información y herramientas prácticas para comprender, cuidar y recuperar la salud de sus pies.

Además, desarrolla una importante labor de divulgación sobre la salud y el movimiento del pie, acercando estos conocimientos a la población y ayudándola a entender la relación entre el calzado, la movilidad, el cerebro y la función de los pies.

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