El magazín del Sur de León Martes, 22 de mayo de 2018 Última actualización: Lunes, 19 de marzo de 2018 08:46
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+Julián, Obispo de León
Miércoles, 14 de febrero de 2018
Carta Pastoral

La Cuaresma es la puerta de la Pascua

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            Queridos diocesanos:

El día 14 de febrero, miércoles de ceniza, comienza el periodo más decididamente pascual del año litúrgico. Me refiero a la totalidad del ciclo, no solo a las semanas que preceden a los días santos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, sino también a las semanas que siguen, a las que no siempre se les presta la atención debida, como si todo el compromiso cristiano de conversión a Dios y de cambio de conducta terminara en la Semana Santa. La Cuaresma es la primera etapa, en subida más o menos fatigosa. Sigue la cumbre que es la Semana Santa y, dentro de ella, el sagrado Triduo de Jesucristo muerto, sepultado y resucitado. Pero esa tensión propia de la conversión a Dios no termina ahí. La tercera etapa, que comienza el día mismo de la Resurrección y se prolonga hasta Pentecostés, es igualmente importante porque significa la perseverancia en las actitudes que pide la Cuaresma. De otro modo, ¿para qué sirve esta si su espíritu no tiene continuidad? Desde esta perspectiva unitaria deseo transmitiros lo que sigue.

 

Un gran liturgista del s. XX, el P. José A. Jungmann, S.J., decía que la Cuaresma contiene “una enorme reserva de pedagogía humana, de orientación cristiana y de dominio de la vida”. Y es verdad, porque este tiempo litúrgico ha acumulado un enorme acervo de significado teológico y espiritual en los ritos, las oraciones y las prácticas piadosas y ascéticas para la vivencia cristiana, de manera que el Concilio Vaticano II llegó a decir que “el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración, para que celebren el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia” (SC 109), a la vez que invitaba a que se le diese la mayor importancia pastoral en la liturgia, en la catequesis y en la vida ascética (cf. SC 109ab-110).

 

En efecto, la liturgia nos enseña a todos a vivir como hombres y como cristianos. Cabe recordar, por ejemplo, la fuerza y eficacia con las que nos orienta hacia Dios, nos une a Cristo bajo el suave impulso del Espíritu Santo e infunde, en cada fiel cristiano que se deja guiar por la palabra de Dios y las oraciones de la Iglesia, el sentido de pertenencia a la comunidad eclesial. No en vano la liturgia, en expresión del mismo concilio, es "la fuente primera e indispensable de la que los fieles han de beber el genuino espíritu cristiano” (SC 14; cf. 12). La liturgia constituye y expresa la vitalidad de la Iglesia y de cada comunidad cristiana. Basta fijarse un poco en sus textos para encontrar fácilmente reflejados los misterios de la fe, las normas fundamentales de la vida cristiana e incluso lo que significa y sostiene el apostolado y la acción de los fieles cristianos en la sociedad.

 

Más aún, la liturgia en general y la Cuaresma en concreto, con su invitación a la escucha más atenta y abundante de la palabra de Dios y con la llamada a la conversión, a la austeridad de vida, a la caridad fraterna y a la penitencia, desarrolla toda una pedagogía cristiana muy eficaz. Dejándose guiar por esta pedagogía se participa de manera suave y progresiva en el misterio pascual de Jesucristo. A la vez, con el estilo propio de la iniciación cristiana, la liturgia cuaresmal va desvelando la verdadera condición del hombre como a contra-luz -la luz de Dios- mostrando cómo el ser humano, la criatura divina por excelencia y su obra maestra, es rescatado de la situación de pecado y de muerte y conducido a la liberación total por Jesucristo resucitado. La única condición que se requiere para esto es dejarse guiar por la Iglesia. Santa y eficaz Cuaresma a todos.

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